viernes, 19 de abril de 2013

Acabar a Caravaca (y II)


         El Encuentro Tuitero "Caballos del Vino" iba a consistir en una ruta cultural por Caravaca, incluyendo, por supuesto, la Basílica-Santuario de la Vera Cruz. Estábamos citados a las 11 y media de la mañana del sábado 13 de abril en un sitio llamado Salones Castillo del Vino, un lugar cuyas cocinas serían capaces de derrotar al mismísimo Obélix.

         Llegué a Caravaca, me perdí, renuncié a parte de mi hombría preguntándole la dirección a una persona, y finalmente aparqué el coche junto a los salones a las 11 en punto. Ahí ya había una persona esperando.

         - Pipa Gozalbes.

         - Antonio Beltrán. Gosálbez es un apellido muy de mi pueblo.

         - El mío es Gozalbes, primero la zeta.

         - También conozco algún Gonzalves.

         - Sin la N, sólo Gozalbes.

         - ¿González?

         Quizás el amigo Pipa había previsto alguna dificultad parecida, porque en ese momento llegaron los refuerzos: su hermana, Bego. Dos Gozalbes contra uno. Ella, además, lo llevaba escrito en una tarjetita de plástico prendida a su vestido: @BeGo_zalbes.

         Tras hurgar en una bolsita me dieron a mí una tarjeta similar, con el logo del pájaro de Twitter llevando un pañuelo caballista y mi propio nick: @antoniombeltran

         - Así podemos conocernos -me dijo mientras empezaba a repartir tarjetas. Acababa de llegar un minibús fletado por la organización para trasladar a los tuiteros que venían de Murcia. Hubo reparto de tarjetitas, besos, apretones de mano... y estuve a punto de ser desenmascarado allí mismo y enviado de vuelta a mi casa desactualizada. Porque, todos a una, empezaron a sacar sus teléfonos móviles, iPhones, iPads y demás hijos del siglo XXI, mientras que yo vaciaba los bolsillos de mi chaleco e iba sacando una libreta de notas, un boli bic, una cámara de fotos y un Nokia capaz de atravesar el suelo de un golpazo, pero cuya función más avanzada es la pequeña linterna led que lleva en la parte superior. Me faltaban manos y cuentas de Internet, porque no tengo Instagram, ni canal YouTube, y mi cuenta de Facebook es algo que escondo vergonzosamente rezando por que no la encuentre ningún director de Recursos Humanos.

Mientras Txema Campillo @txemacg nos enseñaba la batería accesoria de su móvil, que se recarga con energía solar -no esperábamos otra cosa de un periodista científico-, yo abrí el maletero del coche fingiendo que buscaba algún dispositivo parecido y me saltaron encima media docena de bolsas de la compra, que le había prometido subir del garaje a mi mujer y que se iban a pasar el día entero al sol.

Montamos en el microbús, nos dirigimos al centro del municipio. La primera parada de la visita era el Templete. Un monumento precioso, elegante, rodeado de agua por todas partes y que tiene una misión esencial en la Fiesta de los Caballos del Vino, como luego explicaré.

Cogí la cámara de fotos, apunté... y pasó lo que me había estado temiendo. Unas sirenas, un escándalo, y dos camiones de Bomberos pasando a toda velocidad. Eso les pasa por invitar a un periodista de sucesos, pensé. Y si llega a venir Alejo Lucas, hay que evacuar la ciudad entera. Por suerte todo se quedó en agua de borrajas.
 
Los servicios de emergencia, siempre atentos

Y hablando de agua.  Salvador Gómez, el teniente de alcalde, me explicó la historia del Templete y logró que me enamorase de ese enclave de caminos, o de acequias. Si le entendí bien, resulta que el Templete es el lugar donde confluyen las acequias principales de Caravaca: la de Mairena y la del Marqués; y, de hecho, el monumento cuenta con un vaso inferior donde ambas aguas se mezclan. Es el lugar en el que se sumerge la Vera Cruz, para que de esta manera, según los creyentes, su influencia alcance a todos los campos, cosechas y hogares del municipio. También es un lugar muy querido por los enfermos y los impedidos, que pugnan por mojarse en sus aguas tras la ceremonia del Baño de la Cruz.


En la crónica anterior os conté por encima cómo llegó la Vera Cruz a Caravaca, provocando la conversión de la ciudad al Cristianismo de manera milagrosa. Junto a la crónica religiosa está además la histórica: ésta nos cuenta que, amparados por la Vera Cruz, las tropas cristianas de Fernando III el Santo se enfrentaron a las huestes musulmanas del sultán Ceyt Abuceyt. Tras la derrota de los musulmanes, la Cruz fue llevada con toda ceremonia hasta la confluencia de las acequias, donde hoy está el Templete, y fue sumergida. De allí se la llevó -y se la sigue llevando- a la iglesia del Salvador, donde en estos días queda expuesta a la adoración de los ciudadanos.

En el Templete tomó la palabra la guía Paloma Godínez, que nos explicó que, en el siglo XIII, hubo una plaga de langostas que afectó a ciudades tan distantes como Lorca y Totana; sus ciudadanos pidieron a los caravaqueños la intercesión de la Vera Cruz. Se purificaron las aguas, se regaron las cosechas y miles de personas pudieron escapar del hambre y de la muerte.

         Dejé atrás el Templete notando que en su época también había recortes; me pareció que las partes más antiguas eran de piedra y las modernas de yeso. Cruzamos la Corredera y entramos en la iglesia de la Purísima Concepción: un edificio hecho por los moriscos, que habían dejado su huella, especialmente, en el techo de madera labrada con figuras geométricas. Como sabéis, su religión prohíbe representar la forma humana. Ellos se lo pierden, porque junto al altar había una Virgen obra de Francisco Fernández Caro, uno de los discípulos más adelantados de Salzillo. Que, por cierto, parece ser que tomó como modelo a una chica a la que vio cuando iba a coger agua.
 
Techo morisco en la iglesia de la Concepción

         Caravaca le ha dado nombre nada menos que a una cruz; pero la ciudad está vinculada además a otra cruz, la de Santiago, por la importancia que tuvo esta orden militar desde la Reconquista hasta las desamortizaciones laicas del siglo XIX. Nuestra guía nos llevó al Palacio de la Encomienda, que también se conoce como la Casa de la Tercia. Un edificio cuyo poder se aprecia ya desde el umbral, porque cuenta con medias columnas, un símbolo de ostentación que estaba reservado a la Iglesia y la Orden de Santiago. Los burgueses podían demostrar su poder con las pilastras, uno de los símbolos del Barroco caravaqueño. Algunos se atrevieron a adornar sus balcones con columnas romanas. Aunque el signo más original son las muescas triangulares que le hacían al ladrillo de cara vista de las fachadas.

Columna romana en una casa actual
 
Muescas típicas

         Por cierto, que en nuestra ruta tuitera nos encontramos, por fin, con el primer caballo: el Caballo de Ladislao, con más kilómetros a sus espaldas que las monturas de los templarios. La primera montura para generaciones de caballistas.


          Nuestra guía nos indica que en el Día del Cristiano no veremos más caballos, porque se consideraría una falta de respeto, o de rigor, hacia la fiesta. Traducido a términos lorquinos, sería como presentarse vestida de blanco en los palcos de los azules. Se puede hacer, pero no queda fino. Cada parte de la fiesta tiene su propio momento y su lugar, y en este día no procede sacar los caballos. Tendremos ocasión de ver un modelo, bien enjaezado, en el museo de la Fiesta que visitaremos poco después.

         Junto a la Orden de Santiago, hay que hacer una referencia al papel de los jesuitas, que partieron desde Caravaca a evangelizar las Américas, llevándose consigo la referencia a la Vera Cruz. Los jesuitas tuvieron una importancia capital hasta que Carlos III ordenó su expulsión de España a finales del siglo XVIII. Dejaron atrás una iglesia y un complejo religioso que en 2003 el Ayuntamiento compró parcialmente para dedicarlo a exposiciones y conciertos.

         Santiago, San Ignacio de Loyola... y Santa Teresa de Jesús. La santa de Ávila tuvo una importancia fundamental en la fundación del Convento de las Carmelitas, junto a la iglesia de San José.

         Salimos extramuros y nos encontramos con la iglesia del Salvador. Un templo majestuoso, cuyas columnas robustas se elevan hasta el punto que nos da la impresión de haber entrado en una catedral. Un lugar que llama al recogimiento y, al mismo tiempo, sobrecoge por su grandeza y solemnidad.
 
Columnas en la iglesia del Salvador

         Empezamos a subir en dirección a la Basílica-Santuario y nos encontramos con otro antiguo templo desconsagrado: la iglesia de la Soledad, que actualmente acoge el Museo Arqueológico. En esta suma de siglos que nos encontramos por todas partes, el dintel de la puerta principal de esta antigua iglesia extramuros es una lápida romana que hace referencia al municipio de Asso.

         Vamos subiendo, con el recinto del Santuario sobre nuestras cabezas, pero hacemos una pausa para escuchar a un caballista que se llama José Francisco y que, además, es el concejal de Festejos.

Él nos explica el significado de los Caballos del Vino. Resulta que la víspera del 3 de mayo -aniversario de la llegada milagrosa de la Vera Cruz-, los caballistas subían el vino hasta el Santuario, para sumergir la reliquia y purificar el líquido que luego se aspergía por las cosechas. Supongo que los mozos se picarían para ver quién llegaba antes al Santuario, y de ahí vino una tradición de siete siglos.

La Carrera, desde arriba
Vista con ojos forasteros, y un día corriente, la Carrera es un tramo asfaltado, en cuesta arriba, flanqueado por unos pinos que mediano tamaño pero sombra generosa. Comienza unos pasos más arriba de una estatua al caballista, muy lograda, y acaba junto al arco que accede a la explanada del Santuario. Hay que imaginarse ese tramo abarrotado por miles de personas, con los trajes blancos y el pañuelo rojo al cuello; sesenta caballos a la espera, cada uno aguardando riguroso turno según el resultado de un sorteo; cada caballo enjaezado de la cabeza a la cola con unos mantos y unas piezas que se adaptan a ellos perfectamente, obra intelectual de maestros caravaqueños y confeccionados por artesanos de Caravaca y de Lorca.

El siglo XXI ha llegado en forma de una tecnología que permite cronometrar con exactitud el momento exacto en que el caballo comienza la Carrera y cuándo la termina, porque el triunfo se mide en décimas de segundo. También se inspecciona si los cuatro caballistas que acompañan al animal han permanecido sujetos a las riendas todo este tiempo, porque si uno solo se suelta la Carrera de su peña ya no es válida. El otro día calculábamos que, para recorrer los 80 metros en un tiempo ganador, hay que rozar los 8 segundos. Esto es, hay que llegar casi a los 40 kilómetros por hora, partiendo de cero y en cuesta arriba.
 
Inicio de la Carrera

El concejal de Festejos de Caravaca, o mejor dicho el tuitero @JoseFcoViejo, o mucho mejor dicho, José Francisco el caballista, nos explica todo esto. Y entonces ese pequeño repecho entre pinos se carga de repente de magia y de sentimiento, y nos parece estar escuchando las arengas, las voces, los aplausos y ese grito ritual, ¡Caballo en carrera! que divide la muchedumbre como si se tratase de una cremallera blanca y roja que se abre lo justo para que pasen los caballistas.

Exterior de la Basílica-Santuario de la Vera Cruz
Llegamos a la Basílica-Santuario de la Vera Cruz, y, ¡ay, amigos! Nuestra anfitriona, Mercedes Caparrós @mercecaparros, del gabinete de prensa del Ayuntamiento, me explica que es un edificio que no deja indiferente: hay mucha gente a quien le apasiona, y otros que reniegan por su estilo recargado. Me complace decir que a mí, personalmente, me encantó. Mármol y piedra de varios colores, rosa, negro, gris... columnas que se elevan hasta el Cielo en forma de tornillo, como una peonza echada a volar; otras estructuras de base estrecha y capitel amplio, lanzados con alegría como los fuegos artificiales.

Paloma, nuestra guía municipal, nos cuenta que el interior del edificio es muy austero; lo comenzó Fray Alberto de la Madre de Dios, pero murió sin ver acabada la obra. Entonces se hizo cargo de ella José Vallés, uno de los constructores de la Ex Colegiata de Lorca, que llegó a la fachada y la dotó de todos los adornos y artificios del Barroco, centrados todos en la idea de la ascensión al Cielo.

El Santuario está construido sobre una capilla medieval, ubicada a su vez en una pequeña construcción militar de los musulmanes. En 1998, Juan Pablo II le concedió el privilegio de acoger un Año Jubilar -Año Santo- a perpetuidad; algo que sólo pueden celebrar Roma, Jerusalén, Santiago de Compostela y otras dos ciudades en todo el mundo. El Año Jubilar Caravaqueño se celebra cada siete años, y el próximo será 2017.


Interior de la iglesia del Salvador
El cardenal Ratzinger acudió al Año Santo Caravaqueño en 2003; más tarde, convertido en Benedicto XVI, elevó el templo a la categoría de Basílica Menor. En cuanto al papa Francisco, siendo jesuita como es, y vista la importancia de la orden de San Ignacio en Caravaca... tendría una excusa perfecta -si es que los Papas necesitan excusa- para venir a Caravaca y rezar ante la Vera Cruz en el próximo Año Jubilar Caravaqueño.

...y, de paso, acercarse a Lorca a reconfortar a una ciudad que quizás para esa fecha ya esté recuperada...

En la capilla de la Vera Cruz está prohibido sacar fotos, por una elemental muestra de respeto hacia la gente que reza ante la reliquia. A pesar de ello, una mujer saca el móvil clandestinamente y dispara un flash que nos molesta a quienes estamos allí, recogidos, en penumbra. Un vigilante la amonesta, pero la mujer, una turista inglesa, esboza una sonrisa estúpida y se marcha con su foto clandestina. Es una pena que lo único que se va a llevar de la visita a la Vera Cruz sea una foto movida y borrosa, y un reproche.

La Vera Cruz sobrecoge. Yo no soy una persona religiosa, pero es imposible no sentir algo especial en presencia de ese relicario. Aunque sólo sea la fuerza de los millones de personas que llevan siete siglos viniendo al Santuario, postrándose ante esa reliquia que para los creyentes contiene tres astillas de la Cruz donde fue crucificado Jesús. Permanezco en la capilla unos minutos, hasta que nos indican que el recorrido debe continuar, y me prometo que volveré a visitarla más de una vez.


Salimos. Bajamos. Estamos llegando al final de la visita. Entramos en la Casa de los Uribe, un edificio del siglo XVI que ahora acoge el Museo de la Fiesta, y veo por vez primera un caballo enjaezado, con sus caballistas, en un modelo que preside la sala principal del museo. Un arte muy parecido al de los bordados lorquinos -ha salido, en parte, de las mismas manos-, pero al mismo tiempo muy particular. Único. Me recreo con los mil detalles de los diseñadores. Estampas religiosas. Rostros de caravaqueños de hoy en día. Imágenes de la vida cotidiana, algunas incluso desenfadadas aunque de ninguna manera irreverentes. Sólo faltaba eso.

 
 

También veo la bota artesana, tosca pero elegante por esa misma rusticidad, que se utilizó durante muchísimos años para llevar el vino bendecido y echar una porción en las calderas de cada uno de los barrios. En 1971 se decidió embotellar el vino. La Real e Ilustre Cofradía de la Santísima y Vera Cruz explica que este año, a principios de mes, se procedió al embotellado en las Bodegas San Isidro, de Jumilla. El acto consistió en echar una porción del vino bendecido de 2012 en una barrica llena, que sólo se usa para ese fin. Para los creyentes, el contenido de la barrica se purifica; luego se embotella a mano y se distribuyen las botellas.


Ponen un vídeo con la fiesta. Prescindo de verlo; no por nada, sino porque pude ver la Fiesta de los Caballos del Vino en más de una ocasión, a través de 7 Región de Murcia. Prefiero pasear por la zona. Veo un verdadero foso, lamentablemente lleno de basura y con algunas piezas históricas. Veo una calle túnel por la que no me atrevería a entrar ni en moto. Veo que mi coche, que imaginaba aparcado a la otra punta del municipio, está a menos de cien metros de donde nos encontramos, porque la ruta turística ha terminado a los pies de los Salones Castillo del Vino.


Pienso que la visita está a punto de terminar, pero aún falta el fin de fiesta. La traca final. Bajamos al centro de Caravaca y nos sumergimos en la Fiesta del Cristiano. Caballeros de San Jorge, de Santiago, de San Juan... Templarios, Almogavares... todo el municipio es una fiesta donde la cerveza corre por litros y el embutido por metros. Compro en una pastelería unas yemas típicas a un precio típico -típico de turista del petrodólar-, me protejo como puedo de un sol de justicia, de batalla manchega en mitad del campo, y disfruto viendo la elegancia y la belleza de las chavalas de Caravaca. No sólo son guapas, sino que además se visten bien.

Ha llegado la hora de comer. Antonio, y su equipo de los Salones Castillo del Vino, nos ha preparado una comida degustación. Pero de las de verdad. Sin nitrógeno líquido ni platos deconstruidos. Mis compañeros tuitean y se rifan un enchufe para conectar sus aparatos de última generación mientras yo me consuelo encendiendo y apagando la linternita de mi Nokia. Me siento junto a Aurora @Aurora_Pastor, Ana @HitaVelasco, Txema @txemacg, Diego @diegogarnes, Ricardo @RicardoJMolina, David @CanovasDavid, Víctor @vicsoriano...

Pongo los nicks para que los sigáis, porque en el breve rato que compartimos me parecieron gente maja e interesante. Desde luego, hice bien en acoplarme a este Encuentro Tuitero, con mis 1.300 seguidores -selectísimos, pero a años luz de los followers de los demás-, mi móvil linterna y mi libreta, que para más inri se estaba quedando sin hojas en blanco.

Os hablaré del menú, arriesgándome a que mi mujer entre en Guadaldía y me tenga dos meses a pan y agua. Pipirrana, con su tomate, su huevo y sus olivas. Unas croquetas grandes como un iPhone. No sé cuántos platos de embutidos. Una tapa de arroz caldoso. Una tapa de migas, bueno tres o cuatro. No sé. Llegó un punto en que perdí la cuenta de lo que iba y venía. Recuerdo una brocheta que colgaba en vertical sobre un plato de huevos fritos y patatas a lo pobre. Una tarta contundente. Con deciros que ni siquiera pude probar las torrijas. Me faltaba espacio. Me tomé un café para espabilarme un poco, porque me iba a tocar volver a Lorca en coche, aunque iba a hacer una parada en el camino para saludar a José Luis @jlcaneja.
 
¡Chachooo...!!

 Nos dieron unos obsequios de Caravaca, con un pañuelo caballista y tuitero. Me despedí como pude, lamentando no haber tenido tiempo de hablar con Yayo Delgado, Luis Alcázar, o de haber conocido a la célebre @bitterconch. Dos besos a Mercedes Caparrós, un abrazo a Pipa Gozalbes. Mi enhorabuena al Ayuntamiento de Caravaca y a la empresa Tenredo por esta iniciativa. De verdad. Un evento original, ameno, distendido, lleno de cultura y de amor hacia el municipio, la fiesta y la Vera Cruz. Por mi parte, ya tenéis un modesto embajador más.


Os animo a todos a que ayudéis a que la Fiesta de los Caballos del Vino, de Caravaca, sea declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco. Y os emplazo a que el día 3 de mayo -toda la jornada, pero en especial entre las 7 de la mañana y las 12 del mediodía- entréis en Twitter y difundáis la etiqueta #CaballosdelVino, a ver si logramos que sea trending topic nacional. Qué pijo, internacional si puede ser.

Un saludo. Espero que esta crónica, distendida pero veraz, os haya animado a conocer -los que no lo conozcáis- y difundir los valores de la Ciudad de la Cruz y su Fiesta de los Caballos del Vino. Y seguro que nos veremos, en la capilla de la Vera Cruz, a la sombra de los pinos de la Carrera, pasando bajo el arco, refrescándonos en el Templete... o jugando con los críos en el Caballo de Ladislao.
 
#The_End

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